Martes, 12 de septiembre de 2006, 01:34
Prométeme, Dragón, que visitaremos un castillo.
Me aparté de la casa de las hermanas Lisbon y levanté la vista hacia los destellos que brillaban al compás de las notas lejanas de un saxofonista callejero. Ya sé que el Mar Mediterráneo acostumbra a reflejar al Sol como a él le da la gana, y no al ritmo que le marca un pentagrama, pero ese domingo era especial. Había amanecido única y exclusivamente para mí en todo el Hemisferio Norte. O, si no, al menos en los interminables kilómetros de costa que me rodean. Las calles adormiladas desprovistas de tráfico, la brisa suave que se turnaba con el sol para acariciarme, la arena que me cosquilleaba deslizándose por las plantas de mis pies, los cuales se hundían en ella, provocativos, para retirarse lentamente después. La gota salada que resbalaba entre mis piernas, titubeante. Todo había sido orquestado para inundarme de paz, para hacerme estremecer de placer, para que supiese qué se siente al estar viva.
Pensé en Carlospica, y en que sólo él hubiera logrado fotografiar con absoluta nitidez aquel olor a salitre y a café recién hecho.
Pensé en ti, en que nadie más que tú hubiese podido transmitir la fuerza de la doble línea blanca, perfecta, que rasgaba silenciosa un cielo azul al que hacía mucho tiempo que no miraba a los ojos. Yo soy más bien de explicar lo qué diría el piloto del reactor comercial al verse descrito como una manga pastelera, esparciendo nubes rectilíneas...
Pensé en Nepomuk (esto viene de serie) y en que... bueno, sólo él hubiera sido capaz de tropezar y acabar dentro de la papelera.
Y retomé el libro. Entonces te oí, repitiéndome precisamente esa frase que acababa de leer: Supimos, finalmente, que las hermanas Lisbon eran en realidad mujeres disfrazadas de niñas, que sabían del amor e incluso de la muerte y que nuestra función se reducía simplemente a emitir una especie de ruido que parecía fascinarlas.
Eras tú. Era tu voz. Recitabas lentamente, con ese divertido y casi imperceptible toque que te delata y evidencia que la ese no formó parte de tu idioma materno. Eras tú, de nuevo, ayudándome a reparar en los bellos y pequeños detalles que, en mi alocado trote, me pasarían desapercibidos.
Así que no sé de qué te sorprendes. Ya te digo que estabas allí.
Cántame otra vez, Fújur...
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