Martes, 08 de agosto de 2006, 02:26
Pues eso, que si hasta Max escribe un post sobre la crisis israelo-libanesa, yo también quiero meter la zarpa. Pero yo a mi estilo, agárrate que viene testamento.
Releyendo : Joder, que parece que esté diciéndolo por el segundo comentario de Max y nada más lejos de mi intención. Yo lo que quería era aprovechar y enlazarle, de ahí el título :)
Mis fuentes principales provienen de mi extenso (ejem) círculo social: la Tia Espléndida, Metrosexual Numberguan y el que me pasa los powerpoints guarros en el curro.
Antes, hasta hace algunos años, yo Creía. Creía en las historias de buenos y malos, creía que un cuadro o una escultura podían tener un valor incalculable, creía que era importante poder pisar la Luna y creía que la inteligencia era algo más profundo que un simple accidente de la Naturaleza. Anda que no se arrepentirá la pobre de aquel día en que se le ocurrió aquello de ¿Y si, en vez de los dientes, les pongo más grande el cerebro, a ver qué sale? Toma Kinder Sorpresa. Salió la Conciencia, la madre de todos los males.
Lo que molaba de Creer era poder defender una Causa. Ese fervor, ese ansía por Evangelizar al Pueblo, esa certeza de Posesión de la Verdad por la que uno está dispuesto a pegarse con quien haga falta. De hecho, cuando dejé de Creer me hundí en la miseria. Caminaba errante, chocaba contra las paredes, el mundo era un lugar gris e inhóspito y acabé llorando por el pajarito del ala herida. Me faltaba algo. Creí que era la Causa, el sentido de la vida, pero no. Era discutir. Lo malo es que sin Causa no se puede pelear. Tuve que adoptarlas todas o, lo que es otra forma de verlo, no aceptar ninguna. Defiende lo que quieras, que yo encontraré el modo de llevarte la contraria, especialmente si la Moda del Momento te respalda.
Y lo peor es que te aburres enseguida, razón por la cual generalmente paso de entrar al trapo, porque el Creyente tiene memoria (y tonelaje) de elefante e irá a por ti, no lo dudes. Después de horas de discusión acabarás dándole la razón para que te deje marchar a casa a darle besitos a tu ficus, que es el único que te entiende y, cuando te creas a salvo dos semanas después, estarás tan feliz en un restaurante poniéndote ciega a gambas y una voz te tronará por detrás la última perversidad de Zapatero o el horóscopo (mira como todo ha sido cierto) de la semana pasada, y del susto se te irá la cabeza de gamba por mal sitio y acabarás en Urgencias con una traqueotomía por la que asoma una gamba. Por gilipollas. Y por gamba.
Pero gilipollas, gamba e intrépida, aunque sea poquitas veces, me sigue gustando el follón. Y ahora que está todios poniéndole velas al pobrecito niño morito que tira piedras al tanque malote que ha matado a sus padres y le ha robado el corral me estoy poniendo las botas. Tengo que ir con cuidado porque, fingiendo que defiendes a Israel, en cuanto te descuidas te ves diciéndote, Coño, Eride, que parece que votes a Bush, córtate un poquito, guapa… Pero aún así te diviertes, sobre todo con los modernos que, como tú, no tienen ni puta idea del tema salvo cuatro nociones sueltas cazadas al vuelo, y se limitan a seguir al rebaño. Y es que a mí me pone esto de que a los árabes los maten y los israelíes se mueran (que no es lo pispo, colegui).
Porque ahora resulta que el Gobierno israelí se levantó aburrido a finales del mes pasado y se dijo, ¿Qué? ¿nos echamos un Monopoly o arrasamos el Líbano? Y, como hay dos ministros que no saben contar, optaron por el Líbano. Y tú te pasas un buen rato tratando de que tu interlocutor entienda que antes de eso se atacó a dos patrullas fronterizas israelíes (que sí, okupantes, pero no nos perdamos) al tiempo que se bombardeaba una zona civil para despistar. Y que unos y otros llevan dándose de hostias desde hace más de medio siglo y que, cuando termina la guerra de los Seis Días o la de Yom Kippur, o cualquiera de las numerosas que ha habido en la zona, la peña no se da un besito y empezamos a contar desde cero. Que hay que poner las cosas en su contexto y hace casi sesenta años se creó el Estado de Israel (¡magia potagia!) y acto seguido cinco países le declararon inmediatamente la guerra. Que esta historia no empezó en el 67. Que lo del niño y la piedra es un recurso muy fácil pero que también se puede poner uno en la piel de un estado norteamericano del siglo XXI con siete millones de habitantes, que intenta sobrevivir rodeado de más de mil millones de vasallos feudales que hablan un idioma totalmente distinto (no me refiero a la gramática) y les odian a muerte, con mejores o peores motivos. Y que no es el Líbano. Es el Líbano, es Siria, y es Irán, que está cuatro pueblos más pallá y que en cuanto vio como el primo americano de Zumosol cortaba las barbas de Irak, puso las suyas a remojar en hielo y uranio a partes iguales. Y que esto ya no se arregla con el besito forzado de la Seño ONU, a la que nadie hace ni puñetero caso. Que esto a estas alturas ya no tiene arreglo, dude, y que aquí no hay buenos ni malos.
Antes o después te saldrán con el archiesgrimido “100 árabes por cada israelí muerto” que tan dramático queda en los titulares con Arial 72, y los muros antihumanitarios y los puentes destruidos y las respuestas "desproporcionadas" (¿cómo se come eso en la misma frase que “guerra”?) y tú pasas a explicar pacientemente que eso no es una cuestión de bondad y maldad, sino de recursos, estrategia, tecnología, coordinación y eficacia, aspectos que separan ambos bandos en años luz. Que los otros no lo hacen porque no pueden, no porque no quieran. Pero impepinablemente te acaban respondiendo:
—No, porque los judíos son unos hijos de puta sedientos de sangre.
Ah, amigo, y los moritos apedreatanques los descendientes de San Esteban mártir. Pues empieza por ahí...
Y ahora, en aras del espíritu democrático que me caracteriza, sigo sin habilitar los comentarios. Porque no me da la gana, porque os pegáis en otro sitio y porque estoy triste, ‘pudenta’ y asocial, y me importa un bledo tu opinión.
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