Sábado, 06 de mayo de 2006, 02:16
¿Seguimos recordando viejos tiempos?
En el pijozoo donde estuve interna no se podía fumar. Bueno, en el que estuve un día sí, pero en el que estuve cuatro, y en el que finalmente me rendí a mi destino, no.
El primer internado fue como el trailer promocional de una peli de terror. Primer día de clase. Estudiante de último año recién llegada se reúne en un descanso con sus nuevos compañeros de clase. Cuando éstos averiguan su procedencia y ella explica la distancia afirmando que se quedará interna, ellos ponen todos cara de que va a morir la rubia, suena a todo trapo la música tenebrosa (CHAN CHAN CHAN CHAAAAAAAAAN) y te enteras de que el internado lleva cerrado diez años. Plano medio hacia la esquina contraria del pasillo, donde vemos a la Spice Girl de dieciséis añitos que (CHAN CHAN CHAN CHAAAAAAAAAN), posteriormente descubres, es LA otra interna. Pocas horas después la observas dar saltitos y exclamarte encantada que vais a ser íntimas, las dos solas en este experimento para revivir el cementerio indio. Lo siento, Señor Fantasma, en camisón semi-transparente que vaya a investigar la Buena de la película, que para eso es la que se lleva al huerto al Héroe. La Mala se las pira.
El segundo era un cruce curioso entre Alcalá-Meco y el Ritz. Yo ya estaba mayor para redadas, qué quieres que te diga, por mucho mayordomo que me ofrezcan. Me gustan los servicios de habitaciones como al que más, pero hay cosas que no vendo : un mínimo de intimidad, por ejemplo.
En el tercero (que sí, a eso iba) oficialmente no se podía fumar. Cuando se acercaba un profesor se apagaban los cigarrillos apresuradamente al grito de ¡AGUAAAA! y se ponía cara de Virgen María tuberculosa.
Tantas precauciones me hicieron sospechar los primeros días. ¿Por qué, si todo el mundo fumaba cuanto quería, existía esa reticencia a ser pillados? ¿Dónde estaba el espíritu revolucionario adolescente? Ya llevaba una corbata y una falda plisada con los zapatos ortopédicos a juego, ¿qué podía haber peor? ¿qué podía hacerme esta Inquisición de folleto publicitario? ¿Atarme a un potro?
No tardé mucho en averiguarlo, después de tirarle el humo a la cara al (¿en serio? ¿esto que no llega al metro cincuenta y tiene los aires de Hitler y la pinta de Rick Moranis??? ) Jefe de Disciplina del colegio.
—Seras castigada.—dijo la voz cavernosa de mini Dark Vader.
Un enano de unos doce años interrumpió mi sarta de maldiciones. Si me viesen los del servicio de voluntariado… si se enteran, con lo que me costó ganarme el respeto de esa manga de gorilas…. Me cawen dios, me cawen la democracia, me cawen la declaración de los Derechos Humanos… ¿dónde está el potro de tortura cuando el orgullo de una lo necesita?
— A mí no me gusta la mortadela…
— Te jodes, que no queda otra cosa. ¡Desfila!
— Oye, pringada, que yo no tengo la culpa de que te hayan puesto a repartir la merienda. No haberte dejado pillar…
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