Miércoles, 30 de noviembre de 2005, 00:35
Voy de culo, cuesta abajo y sin frenos. Y al fondo está el asilo...
Anoche ví la tele. Lo cuento como algo emocionante, como el que se va a pasar el día al circo, al zoo o a una reserva caníbal perdida en mitad del Océano Pacífico, que son las primeras tres cosas que me vienen a la mente después de lo que vi.
Ahórrate los preliminares. No es que no vea la tele porque sea más lista que tú. Es que paso del mundo. Tampoco leo periódicos. Antes estas etapas autistas tenían lugar con más o menos frecuencia. Ahora sería más apropiado decir que lo que tiene lugar de cuando en cuando es bajar al planeta Tierra (que por cierto, aprovecho y te lo digo, me lo tenéis hecho unos zorros, ¡gorrinos!)
El caso es que, gracias a Mar y a su master de Harvard en Zapping y Gestión y Aplicación del Tiempo Ante Una Pantalla con Lucecitas, me tragué a James Soyunflipado Bond intentando meterle mano a una Halle Berry ES-PEC-TA-CU-LAR, un programa de esos tipo tenemos hoy con nosotros a Manolo, cuyo padre abusó de él cuando tenía seis años y debajo sale el cartelito naranja: Manolo no sabe que su padre está aquí y hoy se reencontrarán por fin después de veinte años sin verse y en eso enfocan al padre de Manolito en los camerinos, que pone cara de Virgen de Fátima, y te frotas las manos pensando en la hostia que le van a meter pero, además (todo a la vez, ¿quién dijo que la tele no desarrolla los reflejos y la concentración?) lo mejor que pudimos encontrar: un concurso humorístico. O algo así.
A ver, que reírte te reías. Había dos cachorritos humanos, de unos cuatro o cinco años de edad, con sus respectivos progenitores. La cosa recordaba un poco a Su media naranja: hacían unas preguntas sobre el retoño a uno de los padres, éste escribía las respuestas en una pizarrita y, si acertaba, el cónyuge recibía un tartazo en la cara o, en caso contrario, lo recibía él. Por supuesto, los encargados de rebañarles la jeta a los papis en merengue eran los minimocos, que uno estaba encantado de la vida y la otra alucinaba un poco porque se daba cuenta de que algo no hacía click.
Cuando terminó el programa yo, ante la amenaza de volvérmelas a ver con el culebrón de Manolito, me dediqué a disertar sobre lo inadecuado que me parece llevar a los niños a la tele. El programa este, sin llegar a la aberración de los concursos de miniChenoas y miniBisbales, no deja, a mi entender, de usar a los críos para regocijo de los adultos sin tener en cuenta su visión para nada. Y si no, que se lo pregunten a ese mismo niño dentro de dos semanas cuando, en el cumple de la Tía Felisa (y deseoso de volver a recibir risas, aplausos y felicitaciones) le estampe la tarta a su madre en plena chapaypintura y reciba a cambio tal colleja que se le caigan los dientes de leche.
Los enanos que no pasen del metro de altura a programas con payasos y teletubbies. El resto es el Mundo Adulto y ya tendrán tiempo de entrar en él. Creo que nuestra actitud hacia ellos es en gran parte responsable de que los niños cada vez tengan una niñez más corta y yo estoy harta de encontrarme adolescentes de ocho y diez años que, se lo tuve que confesar a Mar, me dan un poco de miedo. Aquí ella puso cara de alerta de Windows.
Y yo me tuve que defender:
—¿Es que ya no te acuerdas de cuando teníamos ocho años? ¿De los aquelarres del Consorcio de Brujas y del acojone, cuando creímos que había sido nuestro maleficio el que le partió la pierna al profe de gimnasia por dos sitios? Eso eran preocupaciones. Que Dani se hubiese morreado con la guarra de Jessica llegó bastante después.
— Yo creo que exageras un poco, Eride…
Y nos quedamos mirando los anuncios. Sale Mamá, con una revista porno en las manos y arrastrando a su hijo, un enano de mierda, al que lleva ante Papá y exige una buena charla. Papá le resta importancia al tema diciendo que son estudios de anatomía. Y en la siguiente imagen vemos por qué: su hijo, a cambio, le deja jugar con su superescalextric o comocoñosediga, que mola mogollón y que hay que pedírselo estas navidades. Olé publicidad infantil.
Y me giro hacia Mar y le digo:
—Tienes razón, soy una exagerada. ¿Sabes donde puedo conseguirle al hijo de Cristina la Barbie Punto G?
Las muñecas de Famosa, se dirigen al portalón
con cerveza y calimotxo para hacer un botellón
y Jesús en el pesebre, con un peta se ha puesto alegre,
Nochebuenadeamooooooor, navidadjubilosaaaaaaa...
(i)Responsable: Eride | Flora y fauna | Notas (86) | Referencias (0)