Lunes, 21 de noviembre de 2005, 02:05
Para presumir hay que sufrir, pero todo tiene un límite.
Siempre que veo a una mujer subida en un buen tacón (con gusto, que hay por ahí mucha aficionada a las borlas y pompones suelta) se me van los ojos detrás de la envidia. Recuerdo una época de mi vida en la que yo me ponía las botas con tacones para ir al instituto un viernes a las ocho de la mañana y me las quitaba a las cuatro de la madrugada, después de pasarme media hora en el comedor jurándole a mi madre por el póster de Kirk Cameron que, primero la moto no arrancaba, después había tenido que acompañar a Mar de vuelta a la discoteca porque se había dejado la cazadora y, de camino a casa, nos habían abducido los extraterrestres y no había habido forma de que nos dieran un justificante para explicar la hora y media de retraso.
Pero llegó el servicio de voluntariado, y me pasé tres años alternando las zapatillas deportivas con las botas militares y derrochando sex appeal por todas partes con un pantalón con doce bolsillos y unos guantes de látex (pues no te creas, que hay mucho rarito suelto…). Después de eso, cuando traté de volver a montar los zancos, ¡comprobé horrorizada que no podía! Esa manga de gorilas testosterónicos no solamente me robó la inocencia (bueno, lo que quedara…) y una caja de tampax con aplicador de la taquilla (como fichas del Risk, los usaron como fichas del Risk…), ¡también mi superpoder para caminar como Jessica Rabbit! Mamones…
Se siguieron unos años de resignación, de taconear únicamente cuando la ocasión lo requería o en escasos arrebatos porqueyolovalgo y aceptar mi destino. A ver, que no es que me suba a unos tacones y tropiece con la primera farola que se me cruce. No. Es que a las pocas horas de estar subidos en ellos empiezo a notar un dolorcito intermitente que acaba, después de unos cuantos desfiles, por convertirse en genuinos mordiscos de tiburón. El día de la famosa graduación Norte y Sur, ya volviendo al coche sujetándome por las paredes, parecía que llevase tres días cabalgando por el desierto: las piernas abiertas estilo rana y tambaleándome como un flan de gelatina, maldiciendo en arameo el sueldo paterno de un mes que llevaba pegado al cuerpo y me impedía reptar cual tortuga.
¿Por qué, oh, dios mío? ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí me duelen los tacones altos? Con el tiempo descubrí la respuesta: al 98% de las mujeres les duelen. Y el otro dos es gilipollas (y seguro que me lee y la liamos). Que no, coño, que es envidia…
Así que yo decidí hace tiempo, so pena de hacer como Cristina y empezar a aguantar bolsos a eso de las tres y media de la madrugada y sollozar a las siete para que me amputen los pies, buscar el equilibrio entre belleza y confort. Creí haber tocado fondo el sábado pasado cuando, en uno de esas veces estonoentrabaenmisplanes, me ví saliendo del aseo de la discoteca y acercándome al tocador a embadurnarme los labios con vaselina luciendo mis vaqueros, mi camiseta blanca de hacer gimnasia, las zapatillas deportivas y la típica chaquetita de chándal con las dos rayas blancas reglamentarias en las mangas anudada a la cintura. La mirada del grupo de Bratz quinceañeras envueltas en PVC lo dijo todo y me asusté al darme cuenta de que me hacía gracia. Esto de hacerse mayor creo que va en serio…
Y resulta que la otra noche en gimnasia, la sesión se puso gore. Con la charla que impera en ese gineceo, te dan ganas más de una vez de ahorcarte del ventilador del techo con la goma elástica: los gemelos de Ana Rosa Quintana, lo que pasó ayer en El Diario de Patricia o quien se casa ese domingo. El único hombre (gay, of course) que asiste me da mucha pena. Especialmente cuando, con todos tumbados, apagan las luces antes de la relajación y nos piden que contraigamos la vagina con las piernas apoyadas en la pared y el pobrecito pregunta:
—¿Y yo qué hago? ¿Esperar a que me crezca?
Pero lo del otro día fue de película de Freddy Krueger, con muchas tiras de piel colgando y mucho líquido supurante. ¡Se pusieron a describir operaciones de juanetes! ¡Dios mío, por culpa de los tacones diarios a tus falanges les puede dar por criar esquejes! De las que ya tenían cierta edad se salvaban pocas. A mí me dio por pensar en mis pinrelitos, en la pasta que me dejo en Barbielandia para que me pinten las puntitas en un sinfín de alardes creativos originales made in Eride & La Pobre Pringada a la que le toque ese día aguantarme. En lo que me gusta lucirlos y hacerles mimitos…
Y creo que lo tengo claro…
Yo, cómoda...
(i)Responsable: Eride | Flora y fauna | Notas (64) | Referencias (0)