Martes, 27 de septiembre de 2005, 03:28
Pecas de gallina clueca, me dice una voz interior. Y, por desgracia, es verdad. Creía haberme librado pero se ve que lo llevo en la sangre, en los genes, y contra eso no se puede luchar. Él se ha hecho conmigo… ya es mío.
“Y lo mío no se toca” (Leyenda bordada en el escudo familiar)

Vengo de una larga generación de andaluzas bajitas con alma de matrona afroamericana del Bronx. Mi bisabuela, de la que dicen que facialmente soy su vivo retrato, era por lo que cuentan una mujer de armas tomar. Allí mandaba ella y cuidaba de toda la
troupe, en lugar de dedicarse a su verdadera vocación: sargento chusquero. Ponía firmes hasta a los cerdos cuando entraba a echarles de comer, todos en batería, con el hocico mirando al techo y rezándole a Porky o al Cerdito Valiente o a quien quiera que recen los gorrinos:
Que no me mire a mí, que no me mire a mí…. Vamos, por lo que me contaba mi abuelo, la buena señora viajaba en escoba y todo. Que yo no dudo de la palabra de mi abuelo, pero teniendo en cuenta que hablamos de suegra chapada-a-la-antigua y yerno muerto-de-hambre-que-se-ha-llevado-la-flor-de-la-casa pues…
Su hija, mi abuela, mantuvo el pabellón bien alto. Todos los domingos hacía comida como para erradicar el hambre en tres o cuatro países centroafricanos y luego iba de casa en casa de los hijos, buscando quien fuese a comérsela. En uno de esos festivales gastronómicos, mini-Eride
(recién vencida la garantía, con año y medio de edad) se cargó un jarrón más grande que ella. Su padre, quien decidió que ese era un buen momento para ejercer como tal
(para vomitar siempre fui hija de madre soltera), le pegó un par de azotes sobre el pañal para reprenderla. Y porque mi tío más joven estuvo ágil y rápido quitándole el rodillo de la mano a Superabuela porque si no ese día mi padre se pierde el aperitivo buscando sus piños por todo el comedor.
La dinastía continuó, por supuesto, y ahí tenemos a la Tía Espléndida que, en su afán por adoptar cualquier cosa que se mueva cerca de ella y dado que fue criada por la bisabuela, merece especial mención y post aparte. Solo te contaré que cuando mi hermana tuvo problemas con un simulacro de matón en el colegio, ella quiso apuntarla a clases de artes marciales, cosa que a mí no me hizo ni pizca de gracia porque aun hoy por hoy le puedo, pero si aprende a hacerme la llave de la Grácil Grulla Cantarina ya me contarás…
Y por último, mi madre. Si no fuese porque también tiene
La Nariz yo juraría que se la encontraron en un cesto bajo un puente y se la quedaron, como todo lo demás, porque si no, no me lo explico. Aunque ella fue la primera en tratar de rebelarse, lleva consigo
El Instinto pero, en lugar de a palos como
Las Auténticas, siempre envuelto en un halo duuuuulce y suaaaaaaaaave. Al menos así la recuerdo. Actualmente… en fin, que sepas que la menopausia puede cambiar la vida de una familia, devolverle a una mujer sus verdaderas raíces, marcar un antes y un después en la historia…
Ehmm… que me pierdo. Te hablaba de mi madre. Amén de que se las arregló
(y contra su voluntad, que es lo mejor) para acabar siendo conocida en una empresa de más de ciento cincuenta empleados como
Mamá, cuenta en su expediente con la heroica participación en la defensa de cierta injusticia grave acontecida a un perfecto desconocido
(que paso mucho de detallar aquí, que no hay forma de que me salga un post que no huela a testamento) y con un par de rescates a niños accidentados en lo que era la obra de la mole de cemento que tengo ahora enfrente, cuando aun conducía su bólido, un Cuatro Latas amarillo horripilante:
—¡Mamá, por dios! ¡Aplícale la eutanasia al canario ese de una vez y cómprate un coche decente!
— ¿Pero por quéeeeeee? Si a mí me hace papel, y no consume nada…
En otra ocasión, cuando cambió de trabajo, me arrastró consigo a
hacerle entender con buenas maneras a cierto tipejo que
debía abonarle cordialmente cierta factura , ya que el cabrón de su jefe
(más listo, claro está) no movía un dedo. En fin, qué te voy a contar… cuando el energúmeno aquel sacó pecho y empezó a aproximarse a mi madre, que seguía sonriendo y tratando de razonar con eso, yo me santigüé y me acerqué con disimulo a una mesita donde descansaba un cenicero de cristal grueso con aspecto de pesar sus tres buenas arrobas…
Y es que lo mío no se toca. Advertido quedas.

(i)Responsable: Eride | Neurosis manzanil | Notas (46) | Referencias (0)