Domingo, 25 de septiembre de 2005, 03:28
O la historia de Eride La Implacable. No te molestes en hacerme sentir pena.
Mis padres discutían la posibilidad de pasar unos días fuera. Yo no lo dudé un instante:
— ¡A mi hermana se la facturáis a la Tía Espléndida!
Solo me faltaba... bastante es que quedaría a mi cargo la otra obligación familiar ineludible (la bola de pelo no, ¡esa se va con ella!).
Mi hermana, por supuesto, se rebeló. Si se aleja mucho tiempo del Messenger le entran sudores y, aunque la Tía Espléndida tiene internet, una estancia en su casa (en el campo) es similar a un campo de entrenamiento para marines: alimentación sana, horarios espartanos, estudio, caminata de al menos una hora después de comer (con toda la soligaña que pega) y encima, te arriesgas a que le de por usarte de conejillo de indias para alguno de sus experimentos. Puedes salir de allí bien depilada contra tu voluntad a la cera ardiendo y rebozada en algún potingue mágico de Vichy que cuesta un cojón de mico para que no te vuelva a salir el vello, o siendo la nueva propietaria de un hongo chino de la suerte al que hay que manosear y alimentar hasta que tenga tres retoños y se los encasquetes a alguien bajo amenaza de innumerables calamidades que le acontecerán si no sigue las instrucciones, o con una carta de recomendación en la mano para entrar a trabajar para Zaplana. Con ella todo es posible. Claro que también puedes salir con medio Zara y medio Mango en bolsas, así que, por otra parte, vale la pena arriesgarse.
Aun así, la niña se resistió todo lo que pudo. Insistió una y otra vez en que quería quedarse en casa a lo que yo me negué aduciendo que ella no es autosuficiente y a mí no me apetecía jugar a papás y a mamás. Mi tía en cambio, como practica poco, se lo pasa bomba. Y, además, qué leches… le debía una. Ella me retó a pronunciar un alegato que demostrase mi afirmación y yo tuve que recordarle, entre otras cosas, que el único alimento que es capaz de prepararse son las pizzas de tarradellas y, para ello, se viste de astronauta cubriendo cada centímetro de su piel susceptible de ser quemado, armándose de doble juego de manoplas y manejando la pizza con unas pinzas de carne de medio metro de longitud como si estuviese desactivando una bomba. Que no se le puede confiar jamás ninguna tarea porque se le olvidará, o se le pasará por alto, o lo estropeará o simplemente hará como que no lo ha visto. Que soy alérgica a los adolescentes, coño.
Y me llamó mentirosa, la tía. La misma que hoy, mientras yo (vestida de Cenicienta con el turbante a juego con los guantes de goma) limpiaba el baño, ha venido a buscarme:
—Oye, Eride, ¿los huevos hacen ¡PUM!?
— ¿Qué huevos? —pregunto recelosa. ¿Los habrá metido en el microondas? Esta es capaz… pero, ¿para qué? Si los huevos solamente entran en su Menú-5-Alimentos en forma de tortilla… — ¡¿QUÉ HAS HECHO?!
— ¡Yo nada! ¡Ya estaban así! Mamá ha salido un momento, se habrá dejado ella el cazo al fuego. Yo solo quiero saber si es normal que los huevos hagan ¡PUM!
La miro, extrañada y voy hacia la cocina, con ella pisándome los talones. Abro la puerta y, buscando el extintor a tientas, le digo:
— Sí, llegados a este punto de cocción sí hacen PUM. Pero te lo va a explicar mejor tu tía, ¿eh?
En el fondo no tengo más remedio que quererla... por huevos
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Vienen a dar la nota conmigo:
Deyector | 25-09-2005 09:41:34
Isthar | 25-09-2005 15:08:04
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sinmas | 25-09-2005 20:26:57
duncan | 25-09-2005 22:06:41
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would | 26-09-2005 11:36:24
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Fluflu | 26-09-2005 16:46:20
La espabilá | 26-09-2005 20:49:58
Eride | 27-09-2005 03:25:54