Martes, 13 de septiembre de 2005, 02:40
No me deis también vosotros más recetas de la abuela para dormir, por lo que más queráis...
Era viernes por la noche y me dolía la cabeza. Me dolía MUCHO. Había empezado a primera hora de la tarde como un ligero palpitar pero a esas horas ya, y pese al sobrecito de ibuprofeno que mis sienes (pero no mis papilas gustativas, léase puajpuajpuaj) habían decidido ignorar olímpicamente, comenzaba a ser un rítmico martilleo. Aun así, al salir de trabajar, aun me pasé por casa de Mar donde (fuma, tonta, que esto lo quita todo) perdí el martillo y me dí de bruces con un par de platillos, a coro con un tambor nigeriano.
Por fin llegué a casa. Lo último que recuerdo es haber pensado No, Eride, va, levántate y quítate al menos la ropa. Cuando desperté sobresaltada me abalancé sobre el reloj para comprobar horrorizada que eran casi las diez y media. Olé tus ojeras, Eride, vaya un día para recuperar horas de sueño. Esta vez sí que te has lucido. Una cosa es llegar tarde diez minutos, pero una hora entera, en sábado que trabaja menos de la mitad de la plantilla, roza lo absolutamente vergonzoso. Con la racha que llevo voy a tener que entrar arrastrándome por la puerta implorando misericordia a la Mamma.
La Mamma es el ojito derecho del jefe y se lo ha ganado a pulso. Es la Eficiencia personificada, líder del matriarcado que impera en mi oficina (los hombres no pintan un comino allí, se limitan a pasar de todo y a hacer lo que les sale de los huevos). Aunque lo disimula lo mejor que puede, yo no le termino de gustar porque no siempre he pasado por el aro y no participo demasiado en la charla social que impera en esa ginecocracia (decoración, gastronomía, pedagogía y despellejarología), así que no es cuestión de darle más motivos para que ponga cara de haberse tragado un limón cuando cree que no la veo.
De aquí podría salir otro post pero me estoy perdiendo… te contaba de mi despertar. Como tantas otras veces en la misma situación, completamente desorientada di tres o cuatro vueltas sobre mí misma al estilo canino hasta decidirme por coger el bolso (afortunadamente estaba vestida) y salir corriendo mientras me recogía el pelo en una coleta. Ya en la entrada de casa pise algo blando y resbaladizo, un regalito de la bola peluda que, de cuando en cuando y de forma totalmente aleatoria (es decir, cuando a él le pasa por las bolas), prescinde del periódico de la terraza y suelta el huevo donde le place, que suele ser justo detrás de la puerta principal de casa o en mi aseo (¡cabrón! con la de habitaciones que tiene esta casa…). Con la misma cara que si acabase de ver un streap-tease de Cascos y Acebes, descalza y sujetando los zapatos NUEVOS como podía, los dejé en la galería sobre un periódico y fui a buscar otros, mientras la bola peluda (en lo sucesivo, la bola cagona) trataba de comerse el dobladillo de mis vaqueros y yo le decía entre muecas de asco: Ya verás, cabrón, cuando vuelva a mediodía voy a hacer paté contigo.
Cuando bajaba los escalones de tres en tres, ya en el rellano, tropecé con mi vecino. Jovencito, de buen ver. Le doy morbo porque me ha conocido como amiga de su hermana mayor. El chaval se detiene y me pregunta si voy a salir esta noche y yo paso como una exhalación por su lado gritándole:
— ¡¡¡¡EREGONOSELLEGOTARDEEEEEEEEEALAOFICINAAAAAAAAA!!!!
Para abrir el portal y darme de morros con la noche estrellada. Y ahí que me quedo, con cara de merluza Frudesa, tratando de que mi abotagado cerebro encaje todas las piezas. Me giro, miro a mi vecino, que a su vez me mira y le digo:
— Oye, ¿te puedo hacer una pregunta? Pero que quede entre tú y yo.
Y el chico me mira, muy serio, y asiente con la cabeza.
— Claro, tía, dime…
— ¿Hoy qué día es?
(i)Responsable: Eride | Neurosis manzanil | Notas (15) | Referencias (0)