Domingo, 31 de julio de 2005, 22:36
Más de aquellos maravillosos años…
Servicio de voluntariado sanitario. Se recibe una llamada en la sede, una lipotimia en un restaurante de la playa. Llegamos al lugar de los hechos y, cuando conseguimos abrirnos paso entre el círculo de curiosdigoooo, de concienciados ciudadanos, le vemos. Es un chico joven de bastante buen ver, rozando la treintena y vestido únicamente con unas bermudas, que está tirado en el suelo, inconsciente, cubierto de helado de chocolate.
No te emociones, porque juraría que el mismo primero debió pasar por su estómago.
La mujer que le sostiene las piernas sobre una silla, otra clienta del restaurante, nos indica que es enfermera y nos relata los hechos:
— Pues estaba comiendo, ha empezado a tener convulsiones y se ha desmayado.
— ¿Han dicho algo los amigos de si tiene antecedentes?
— No, no, aseguran que no tiene ningún problema de salud.
— Bueno, nos lo llevamos.
— Oye, una cosa..
— ¿Sí?
— Es que.. verás… le he dado un par de cachetes en la cara para ver si reaccionaba…
— ¿Y?
— ¡Pues que el muy cabrón ha abierto los ojos, me ha metido un sopapo y se ha vuelto a quedar frito!
— ¡PFFFFFFFJUAAAAAAA! ¿Quieres decir que está fingiendo?
— No sabría decirte… ¡míralo ahora!
— En fin, de todas formas nos lo llevamos.
Lo cargamos en la ambulancia y llegamos al ambulatorio. Tras el reconocimiento, y como no conseguía despertarle, el médico se inclina sobre el mostrador para redactar un volante para llevarle al hospital comarcal, mientras la A.T.S. termina de recoger el instrumental utilizado. De repente, el chico se incorpora de un salto sobre la camilla, como si le hubieran mordido en el culo y nos obsequia con un espantoso rugido:
¡ROAAAAAAAAAAARRRGGGHHH!!!! agitando los brazos como Georgie Dann y moviendo la cabeza al más puro estilo niña del exorcista.
Acto seguido, se desploma de nuevo con un golpe sordo.
Yo, de un brinco, me abracé a un gotero que había por allí, uno de mis compañeros se convirtió en estatua y se calcificó contra la puerta del box, el médico puso cara como si le hubieran dicho que tenía tres guardias seguidas contando la de Nochevieja y a la A.T.S. se le escurrió el esfingomanómetro, que se estrello ruidosamente contra el suelo. El único que ni se inmutó fue el bestiajo que conducía la ambulancia, un armario ropero 4x4 que trabajaba como guardia jurado y es el tercer tío más animalote que me he cruzado jamás (me presentó a dos amigos suyos de la Legión). Un encanto de bestiajo, todo sea dicho, muy bruto pero muy muy divertido.
En fin, visto lo visto, el médico, convencido de que le estaban tomando el pelo, empieza a decirle al chico:
— Venga, chaval, ya está bien de hacer el tonto… — Al tiempo que le pellizca, primero el brazo, después el pezón derecho. Y Georgie Dann ni pío, oye, ni se mueve. Desconcertado, el médico coge un aguja y le pincha el brazo.
Nada.
Le pincha en el muslo.
Nada.
Le hace tres o cuatro piercings más.
Nada.
Nos mira. Mi compañero se encoge de hombros. Yo sugiero tímidamente pincharle un huevecillo, a ver qué pasa. Mis testosterónicos interlocutores me miran como si hubiese propuesto que le sacásemos el hígado por la oreja con un anzuelo para atunes de 7 kilos. Todos, salvo la A.T.S., que todavía tiene un tic en el ojo derecho y parece no disgustarle la idea.
Finalmente nos lo llevamos en la ambulancia camino del hospital. Huelga decir que, por supuesto, Blancanieves se despertó de nuevo en el trayecto y esta vez me enganchó a mí por las muñecas y empezó a sacudirme como a una maraca hasta que mi compañero, que, afortunadamente, tampoco se lo pensó mucho, le atizó en la cabeza con el ambú y consiguió que me soltase.
Igual te estás preguntando por qué no le habíamos atado. Pues verás, la panda de gorilas en celo que tenía por compañeros (mujeres allí éramos más bien pocas, no había muchas que se atreviesen a compartir taquilla, cocina, baño, dormitorio y playstation con esa gente) acostumbraba a gastar novatadas a todo el que entraba nuevo, y las correas habían sido el elemento estrella la noche anterior.
Una vez en el hospital, entrando por el pasillo de urgencias mi compañero se lamenta:
— Joder, está de guardia la Caraperro, hoy no hace falta que nos molestemos en pedir material. A esa parece que se lo descuenten del sueldo, no nos lo va a dar, y estamos casi sin guantes ni gasas.
Por aquellos entonces la gestión de nuestro servicio era más bien penosa y aquello se mantenía a flote más por el entusiasmo de unos pocos que por sus inexistentes recursos, con lo que no teníamos más remedio que mendigar material al Estado.
Enseguida se acerca la Carap.. digoooo, la jefa de enfermeras de Urgencias (la verdad es que un trabajo así te deja más quemado que la pipa de un indio, las cosas como son) y nos pregunta:
— ¿Qué traéis ahora?
— Pues mira, es una lipotimia que…—comiezo a explicar al tiempo que le tiendo el parte médico.
— ¡Bah! ¿Una lipotimia? ¿Y nos la traéis aquí? Como si no tuviésemos nada que hacer, desdeluegohayqueveryluegodicenblablablá…
Trato de interrumpir su retahíla de maldiciones para explicarle que no se trata de una lipotimia normal, que parece más bien alguna extraña variante de catalepsia y que tengan cuidado, cuando el conductor bestiajo me pilla de un puñao por el cinturón del pantalón militar y me arrastra, apartándome, mientras Blancanieves revive de nuevo y engancha a la Caraperro por los pelos (ya que la pobre era más bien poquita cosa y no levantaba mucho del suelo) y la pone a bailar la lambada.
La melée que se siguió era más propia del campo de los West Tigers que de un hospital comarcal. Mientras observo con la boca abierta de par en par a doce aliens de blanco abalanzarse sobre Blancanieves para tratar de salvar a la Caraperro, oigo que me dicen:
—¡Vámonos!
Y me giro a tiempo para ver al bestiajo saliendo del box que hace las veces de almacén, cargado con cajas de material sanitario. Le miro a él, dirijo a continuación la vista hacia el pollo que se está formando al otro lado del pasillo y les digo:
— ¡Ahora voy yo! Esperadme en la ambulancia.
— ¡Joder! ¿Pero dónde vas ahora, Eride?
—A recepción a conseguir los datos de este tío, ¡en el Provincial tienen unas mantas térmicas que son la hostia!
(i)Responsable: Eride | Flora y fauna | Notas (27) | Referencias (0)